Adolfo González

EL SEXTANTE
Los escándalos por corrupción, por ahora, arrojan resultados nulos en cuanto a la opinión pública, sin afectar a los partidos ni a Andrés Manuel López Obrador.


El “caso Lozoya”, de momento, ha proporcionado mucho ruido y muy poquitas nueces, y estas han resultado arrojar tantas o más sospechas sobre la financiación del propio chef que preparó el guiso.


La extradición de Emilio Lozoya ha cumplido el primer objetivo de AMLO: el regreso de la corrupción al primer plano del debate político, aunque a los ciudadanos les angustian más otras cuestiones.


Con la extradición de Emilio Lozoya y sus inminentes revelaciones, se colocará en el foco de la atención nacional aquello que AMLO siempre planteó como el problema primordial de México: la corrupción.


La caída económica es un hecho sin que el Gobierno Federal haya presentado un plan coherente. El crimen organizado campa por sus respetos sin que la estrategia de los abrazos parezca dar fruto alguno.


Los fieles a AMLO necesitan un incentivo, porque parecen estarse instalando, poco a poco en el desengaño, lo cual se está combinando con un aumento de la polarización que el propio Andrés alienta cada día.


El problema, señor Presidente, es que sigue instalado en sus sueños guajiros, pero gobernar no es estar viajando obsesionado por su agenda.


“El simple político piensa en la próxima elección, y el estadista, en la próxima generación”. Juzguen ustedes mismos en qué piensa Andrés Manuel, cuando lo próximo que hará será irse de gira este mismo lunes.


Mientras se acerca la crisis económica, el Presidente se limita a ensayar el guión vacío de lo que el cree será su obra magna.


AMLO está determinado a conducir a México a esa “nueva realidad”, que parece ser la del pensamiento mágico, la de los profesionales innecesarios y la del par de zapatos hasta que se gasten las suelas.


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