“Paso a paso nos fuimos acostumbrando a un horror inmenso y terrible”, Víctor Frankl (El hombre en busca de sentido).
El hallazgo en Jalisco ha eclipsado en días pasados el protagonismo de la diplomacia internacional, y ha puesto el énfasis en lo que, desde hace años, es la máxima inquietud de los mexicanos: la inseguridad. En este caso, claramente, el terror, del que el rancho utilizado por el Cartel Jalisco Nueva Generación se ha transformado de inmediato en epítome. Una obra magna del crimen que, sin embargo, no debería constituir ninguna sorpresa. La presencia de hornos crematorios, fosas, zapatos y restos ha dado lugar a titulares que hablan de “trabajos forzados”, “campo de exterminio” o “rancho del horror”. Estas y otras definiciones de corte parecido inundan los medios de comunicación. Y queda sobre la mesa la alta probabilidad de que tal lugar no sea el único de tales características. Los reclutamientos forzados, los secuestros, las desapariciones, son el pan nuestro de cada día desde hace muchos años.
Las imágenes son sin duda estremecedoras y angustiosas, y se corroboran por los testimonios personales que han surgido casi de inmediato. Se hace nueva una conmoción ya vieja. Pero yo creo que el horror que sufre México hace años a manos de la delincuencia organizada no necesita comparaciones ni acentos de ningún tipo. Es suficientemente expresivo por sí mismo. ¿Cómo habrá afectado el hallazgo a la opinión pública, en particular a la imagen de Claudia Sheinbaum? No lo podemos saber, pues no tenemos datos fehacientes en tiempo real sobre ello, pero podemos presumir que la reacción habrá sido mixta. De un lado, es probable que haya aumentado la preocupación por la inseguridad, aun con la cierta resignación de un pueblo acostumbrado a la sempiterna violencia. Pero por otro, quizá, haya más confianza en las autoridades, porque se palpa en el ambiente que algo ha cambiado. Otra cosa son personajes como Noroña, que no merecen mayor mención.
Y es que si hay algo en lo que Claudia Sheinbaum ha marcado clara distancia con su antecesor es en la política de seguridad, y hay que decir que afortunadamente. Sea que verdaderamente era su deseo desde un principio, o sea que las presiones de Trump le están sirviendo de coartada para ello, debemos felicitarnos por el cambio de rumbo. Detenciones, incautaciones, desarticulación de laboratorios, decomisos de armas, vehículos e inmuebles, parecen dejar a las claras que los abrazos a los delincuentes terminaron. Al menos en la forma. El problema, como tantas veces, está en el fondo, y ahí, extirpar la connivencia entre narcos y autoridades se antoja una tarea larga, ardua y complicada en extremo. Pero por algún sitio hay que empezar, y en cuanto a seguridad pública, la diplomacia agresiva de Trump es un mal que en esta materia ha venido por bien. La pregunta es por qué han tenido que ser las amenazas del norte las que determinaran tal variación.
Otra señal de la ruptura con políticas del anterior sexenio es la intención clara, afirmada por Claudia en conferencia matutina, de actuar en coordinación con las autoridades estatales, sean estas del color que sean. No sé si será con el beneplácito o a pesar del Fiscal General, que ya se ha apresurado a buscar responsabilidades en el gobierno de Jalisco sobre el horror de Teuchitlán. Cierto es que la tormenta alcanza de lleno a una de las “joyas de la corona” de MC, tanto en la persona de Lemus como en la de Enrique Alfaro. Pero también lo es que quedan en evidencia los mandatarios de todos los niveles, incluido por supuesto el federal. Lo que exhibe el llamado “campo de exterminio” es el terrible modo en que la delincuencia organizada dispone de vidas y haciendas, y por encima de todo la complicidad con las autoridades cuya misión es protegerlas.
El gabinete de seguridad ha publicado que México ha vivido el febrero menos violento en cuanto a asesinatos desde hace siete años, lo que indirectamente señala de algún modo al sexenio anterior. El monitoreo de homicidios dolosos que publica SABA Consultores nos habla de una mejoría, pero también de un estancamiento. La pasada semana hubo 464, algo por encima del promedio de estabilidad desde primero de año. El criterio comparativo, que me parece correcto, propuesto por el Dr. Borrego señala, como objetivo ideal, que México bajara a los 125 por semana, en función de la situación en otras naciones o grandes ciudades. Bien del todo no están en ninguna parte, pero concuerdo con el doctor en que estamos mal, estables, y con leves visos de empeoramiento. La iglesia ha señalado que los datos publicados por el gobierno sobre homicidios presentan un descenso porque se oculta que aumentaron las desapariciones, a lo que Claudia, esta vez sí, ha utilizado la técnica habitual de su predecesor de los “otros datos”. Yo, con perdón del lector, me voy a permitir parafrasear al personaje de Marcus Wallace en la película “Pulp Fiction”: México está a mil jodidas millas de estar bien.
Dice la Academia Mexicana que Teuchitlán se escribe indistintamente con tilde o sin ella, en función de cómo se pronuncie. Póngala el lector donde quiera, pero creo que está claro que el horror no necesita énfasis de ninguna clase que alimenten el morbo y dejen en anécdota pasajera el terrible problema que nos ocupa. A Claudia y a Omar hay que exigirles que asuman su misión con brazo firme y sin vacilaciones. La presidente anunció una batería de medidas suplementarias. Bien, ya lo he dicho otras veces: nos va la vida en ello. Ojalá y que las atrocidades de Jalisco sirvan de lección de una vez por todas, mas no son infundados mis temores de que el camino por recorrer sea aún inmenso. Décadas se han perdido entre la corrupción, la negligencia, la complicidad y la estulticia, incluyendo los últimos seis años de vergonzantes abrazos. Empecemos.