“No se puede ser y no ser algo al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto”, Aristóteles.
Como lo prometido es deuda, hoy toca hablar de Cuauhtémoc Blanco. Más bien, no de él, sino de lo vergonzosamente vivido en la Cámara de Diputados la pasada semana. No entraré en detalles de más sobre lo sucedido, los lectores sin duda ya los conocen. Pero conviene algún comentario. De entrada, negar un desafuero es una cacicada de proporciones colosales. Ojo, no estamos hablando de que el Congreso declarara culpable o no al ex gobernador de Morelos. Ni es su cometido ni se trataba de eso. Hablamos del simple trámite de dar vía libre a la justicia para desarrollar una investigación que pudiera o no probar las acusaciones. Si por lo que he indagado no me equivoco, y si lo hago que alguien me corrija, es la primera vez que, con la Constitución de 1917 en vigor, se deniega el desafuero de un diputado. Así que obstaculizar la acción judicial de este modo nos habla más de impunidad que de inmunidad parlamentaria.
La grilla posterior, los balones echados fuera, las acusaciones cruzadas, creo que son lo de menos. Lo que más me llama la atención es la hipocresía general de un partido que dice abanderar los derechos de las mujeres y que impide, con sus votos, la investigación de una posible violación. Y qué decir de las propias féminas, diputadas morenistas, que rodearon al interfecto al grito de “¡No estás solo!”. Soy un enamorado de México, y una de las cosas que me fascinan es su marcado surrealismo en muchos aspectos. Pero si este invade el terreno político, he de reconocer que tan solo me causa tristeza y rechazo. He leído en prensa que tal situación se ha debido a que la política en México sigue siendo esencialmente masculina. Lo escribe una señora llamada Sonia Corona, pero me temo que no van por ahí los tiros.
Para explicárnoslo, debemos acudir al hipócrita uso que se hace, de un tiempo acá, de la defensa de las mujeres como instrumento político. Y es aquí donde las propias mujeres que intervienen en ello tienen un triste protagonismo. En España, el ya algo venido a menos partido Podemos, que con el lema “Sí se puede” abanderó una supuesta lucha contra la violencia llamada de género, lo hizo también con otros eslóganes, como el famoso “Yo sí te creo, hermana”. Pero en meses recientes ha salido a relucir que dos de los integrantes más conspicuos, y además ideólogos, de ese partido y ese tipo de movimientos, Íñigo Errejón y Juan Carlos Monedero, tenían por costumbre el acoso sexual a sus compañeras de partido y/o amigas, tratando de abusar de su poder, lo cual era conocido y silenciado por el resto de militantes femeninas. Así que parece que lo que sí se podía hacer impunemente en privado era justo aquello que en público se decía combatir.
En otro sentido, pero con la misma hipocresía, nada menos que la ministra de Hacienda española ha declarado en acto público que “es vergonzoso que la presunción de inocencia esté por delante de la palabra de cualquier víctima”. En dieciséis palabras, esta señora que gobierna en coalición con Podemos y algún otro de parecida gama, se ha cargado uno de los derechos constitucionales fundamentales a cambio de la demagogia política. En este caso, el acusado, absuelto finalmente (y por un tribunal compuesto por tres mujeres) es el futbolista Dani Alves. Como el implicado no es un político de la cuerda de este falso feminismo, no importa arremeter contra él sin consideraciones hacia conceptos jurídicos tan básicos. ¿Qué más da?
Así que es imposible no advertir semejanzas entre los componentes de este “Trío Calaveras”, los simpáticos Íñigo, Cuauhtémoc y Juan Carlos. Este último, asesor de Hugo Chávez y cinco años profesor en la Universidad Iberoamericana Puebla, es politólogo de cabecera de lo que ahora se hace llamar en vano izquierda mexicana. Y es difícil no reparar en parecidos en su coro correspondiente de señoras jaleando sus simpáticas gracietas. Porque este pseudofeminismo genera extrañas alianzas, lo mismo deniega desafueros que pide libertad en las calles para que las mujeres musulmanas puedan llevar hiyab. Igual arropan a un presunto violador que crucifican a un futbolista declarado inocente por la justicia, por más que su comportamiento no fuera muy edificante. ¿Qué mas da? Es hora de que nos demos cuenta de que aquí lo importante no es el qué sino el quién. Si ustedes piensan que no se puede decir blanco y negro al mismo tiempo, están muy equivocados. La frase que antecede este texto resume el llamado principio de no contradicción de Aristóteles. Estas gentes se ciscan en él cada vez que es necesario en función de sus intereses. Pero nadie paga la cuenta.
Sin embargo, en plena crisis internacional y de seguridad, hay quien duda de cómo le vaya a venir esto a Morena y al gobierno de Claudia Sheinbaum. De hecho, en cuanto a seguridad pública, seguimos atascados, como demuestra el Dr. Salvador Borrego en su monitoreo de homicidios del lunes. Yo tengo curiosidad por saber cómo afectará esto a Claudia y a su equipo, si consideramos que ella, personalmente, ha salido en defensa del diputado Blanco arremetiendo contra el fiscal. Pero voy a tomar riesgos y voy a hacer una lectura alternativa. Si el “sacrificio ejecutivo” de una pieza secundaria como el exfutbolista se hubiera hecho efectivo, probablemente la importancia de la jugada no hubiera pasado de ahí, y no hubiera restado actualidad al rancho de Jalisco ni a los problemas con Trump. En cambio, las portadas se han llenado con el “caso Cuauhtémoc”, que por supuesto sigue siendo diputado. Si ustedes creen que estas gentes no pueden ser así de retorcidas, recuerden que sí que pueden. Igual las cosas se deben más a esto que a los desacuerdos internos en Morena, que los hay. Si han sido capaces de decir que una pandemia viene como anillo al dedo, de qué nos vamos a sorprender a estas alturas.
La importancia de la jugada era llenar las portadas con el “caso Cuauhtémoc” para restarle actualidad al rancho Izaguirre y a los problemas con Trump.
02/04/2025