Lealtad partidista, nada de qué extrañarse

Si los partidos son un vehículo para alcanzar el poder, no debería sorprender que un político cambie de partido cuando en él que milita dejó de ser un vehículo para avanzar a su objetivo, alcanzar el poder y ejercerlo.
07/10/2026

Hay quienes se quejan de que los políticos carecen de principios, que cambian de partido como de calcetines, en palabras de un político que transitó por tres partidos diferentes, son “ambiciosos vulgares” que solamente buscan el poder para alcanzar sus objetivos personales.

Quienes hacen este tipo de críticas parten de un punto de vista según el cual el político debería buscar el poder para servir, cuando generalmente el poder se busca para ejercerlo, no para servir.

En nuestro sistema, los partidos resultan indispensables para encauzar la participación, son el camino más rápido que tienen los políticos para alcanzar sus objetivos, en otras palabras, los partidos son el vehículo por excelencia para quien desea subir en la jerarquía política, existen excepciones, pero el camino de los independientes hoy se encuentra prácticamente intransitable debido al mal papel realizado por quienes alcanzaron el éxito por esa vía.

Dicho lo anterior, no resulta extraño que los políticos se muestren dispuestos a seguir las normas que se plantean al interior de los partidos, ya que entienden que si obedecen a quien tiene el poder de impulsarlos en sus aspiraciones, las probabilidades de éxito son más altas que no haciéndolo.

Como lo señala en divulgador científico Sergio Parra, “Una organización que recompensa durante treinta años la obediencia, la resistencia a la humillación interna, la capacidad para detectar cambios microscópicos en la correlación de fuerzas, la conservación del puesto, el silencio oportuno, la lealtad vertical y esa variedad específicamente política de memoria episódica que permite recordar quién apoyó a quién en un congreso provincial de 2007 acabará seleccionando organismos extraordinariamente adaptados a ese ambiente, de la misma manera que una población de Escherichia coli sometida repetidamente a un antibiótico termina llena de bacterias resistentes sin que ninguna de ellas haya leído a Maquiavelo”. 

De ahí que tampoco sea extraño que, cuando un político detecta que dentro del partido en el cual milita en un momento determinado ya no tiene posibilidades de avanzar hacia su objetivo, simplemente busque otro vehículo para alcanzar sus objetivos, para eso ha sido entrenado, eso aprendió durante su carrera, así que eso hace.

Lo extraño es que un político se mantenga dentro de un organismo político en el cual ya no obtiene ningún tipo de satisfacción personal, a través del cual tampoco puede avanzar, aunque sea un poco, en la búsqueda de su objetivo, entendiendo que no todos los políticos quieren llegar hasta la cúspide, hay muchos que se quedan en niveles intermedios porque sus objetivos están ahí.

Lo anterior se debe a que, como lo señala el citado Parra: “los seres humanos aprenden y se adaptan al medio. A que las neuronas dopaminérgicas del área tegmental ventral responden a recompensas. A que el ostracismo activa circuitos cerebrales relacionados con el dolor. A que somos mamíferos hipersociales que durante cientos de miles de años dependimos del grupo para comer, aparearnos y no morir destripados por un depredador, y a que pretender que una credencial universitaria, una Constitución y dos siglos de parlamentarismo haya borrado esa arquitectura neurobiológica es una superstición bastante más extravagante que creer en los chakras”.

El problema es que continuamos pensando que el gobernante debe ser el más sabio, como lo creía Platón y él mismo fracasó, sin embargo “y pese a todo seguimos organizando una parte sustancial de nuestras instituciones alrededor de una pregunta que podría formular una niña de ocho años después de ver El rey león: ¿quién debería mandar? El sabio. El bueno. El preparado. El líder correcto. Simba, pero con un máster en políticas públicas”.

La verdad, tenemos que revisar nuestras creencias.

juanpalaciosdavila@gmail.com



JUAN PALACIOS DÁVILA es educador de profesión, periodista por vocación. Editorialista en La Moneda, ABC, El Porvenir y Radio Alegría.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de Mobilnews.mx.

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