Hay una necesidad colectiva, político-social, de conocer la verdad sobre los hechos que derivaron en la masacre de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968.
En 58 años no ha habido verdad, justicia ni reparación del daño para las víctimas directas de la unidad habitacional y el movimiento estudiantil. Ha habido una letanía de versiones, mitos, rumores, leyendas urbanas, investigaciones incompletas y fallidos intentos de procesar penalmente a los culpables.
Sin duda, uno de los actores más activos en la búsqueda de justicia ha sido el Comité 68′ Pro Libertades Democráticas. Hacia 2002, el Comité adoptó una estrategia inconveniente, al buscar que el crimen fuera consignado como un genocidio.
Los hechos de Tlatelolco, desde un punto de vista técnico-jurídico, no fueron un genocidio. Ningún especialista en crímenes de lesa humanidad respalda esa interpretación. La Fiscalía Especial (FEMOSPP) lo hizo, en primera instancia, porque su fiscal y agentes ministeriales no conocían ni la «o» por lo redondo de derecho internacional de los derechos humanos ni del derecho internacional humanitario.
En segundo lugar, por una razón que me parece deliberadamente perversa: echar a perder el caso jurídicamente, a sabiendas de que, si los jueces aceptaban esa clasificación, nunca más podría invocarse, pues, de acuerdo con el marco legal vigente, nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo delito. Muchos le dijeron a Raúl Alvarez Garín que su estrategia jurídica no iba a funcionar.
Raúl insistía en que era la única forma de que el caso fuera juzgado como imprescriptible, porque de otro modo sería clasificado como homicidio calificado ya prescrito. En ese laberinto jurídico, ocurrió lo predecible.
El poder judicial dijo que sí era un genocidio, pero que no se podía acreditar que Echeverría hubiera sido el autor intelectual. La conclusión aberrante es que hubo un genocidio sin genocidas. De este modo, el caso quedó quemado para siempre.
Desconozco por qué no fue llevado a instancias internacionales, pero me parece claro que no hubiera prosperado la definición de genocidio, adoptada en México por razones más políticas que histórico-jurídicas.
¿Por qué considero que el 2 de octubre no fue un genocidio? En principio, la definición del grupo nacional es sumamente vaga: los estudiantes. Como si éstos fueran un grupo monolítico atacado indiscriminadamente.
Se diluyó indebidamente la distinción entre la represión de los estudiantes por ser de oposición y la persecución de cualquier estudiante por el hecho de serlo. Porque no se pueden tener las dos cosas: o los perseguían por ser estudiantes o los perseguían por ser oposición.
Y si era lo segundo entonces el genocidio era contra todos los opositores, no sólo los estudiantes. En segundo lugar, si el gobierno hubiera tenido una intención genocida, habría persistido en sus intentos por aniquilar a los estudiantes después de Tlatelolco.
No sólo no ejecutó a todos los que pudo, sino que dejó con vida a todo el liderazgo del movimiento. En el 2 de octubre y fechas posteriores no murió un sólo líder. Tampoco se ejecutó a ninguna de las más de mil personas encerradas en el Campo Militar No. 1.
No hay genocidio que permita sobrevivir a los líderes del grupo exterminado, mucho menos si todos ellos han sido arrestados. En tercer lugar, no se configura la intención genocida. El gobierno diseñó una estrategia basada en el caos y el terror.
Simuló un ataque de falsa bandera para culpar a los estudiantes de dispararle a los soldados. Los soldados, traicionados por el alto mando que era parte de la conspiración, recibieron la orden de «zafarrancho de combate».
En los pocos testimonios conocidos de los soldados, estos no demuestran haber sido entrenados con la intención explícita de matar a los manifestantes. La instrucción era clara: responder a un ataque (ese es el significado de «zafarrancho de combate»).
En cuarto lugar, hubo muchas masacres similares antes y después de Tlatelolco y en ningún caso se invocó el delito de genocidio. Esta etiqueta se le endosó exclusivamente a Tlatelolco bajo un supuesto nunca demostrado: que cientos de personas fueron asesinadas.
A nivel popular, se cree erróneamente que un genocidio es cualquier asesinato colectivo o masivo, o que, para acreditarse, deben haber muerto cientos o miles de personas. El genocidio, en realidad, no tiene que ver necesariamente con el número de muertos, pero es muy difícil de comprobar si este número es significativamente bajo.
Quienes hemos investigado el tema de los asesinados de Tlatelolco nunca hemos podido ir más allá del número de 40 muertos. Esto no hace la masacre menos terrible o al gobierno mexicano menos criminal. Sin embargo, la memoria colectiva de Tlatelolco se ha construido enteramente en el terreno del trauma y del mito, no en el de la historia y el derecho.
Por eso, aún a la fecha, es impopular decir que hubo unas decenas de muertos, que no hubo genocidio y que probablemente tampoco hubo desaparecidos. No hay un solo caso acreditado de desaparición forzada el 2 de octubre. Lo de las chimeneas humeantes en el Campo Militar No. 1 en los días posteriores a esa fecha es una leyenda urbana.
Pues si, en efecto, los militares querían deshacerse de cientos de cuerpos en sus crematorios, jamás hubieran enviado ningún tipo de señal visible. Más allá de las familias y casos conocidos, que son los que están en la Estela de Tlatelolco, no hay familias que hayan salido del anonimato para decir que perdieron a un ser querido ahí.
Hay, en cambio, decenas de personas que afirman haber estado en Tlatelolco y haber perdido a un amigo o conocido de cuyo nombre no logran acordarse.
No queda más que preguntarse cómo pudieron olvidar sus identidades, siendo que en la cultura de la izquierda siempre se ha procurado memorializar a todos y cada uno de los caídos.
La guerra sucia sí que tuvo cientos o miles de ejecutados, desaparecidos y sepultados clandestinamente, pero de esa no hay memoria colectiva porque el gobierno logró convencer a la sociedad de que se trataba de terroristas cuyas vidas no valían nada.
Es importante seguir buscando la verdad y la justicia y no aferrarse a mitos y categorías que no sólo no nos acercan a ellas, sino que las opacan y obstaculizan.