La ciencia del escándalo se enseñorea en el Senado mexicano cuando Gerardo Fernández Noroña hace de la provocación un arte, de la teatralidad su bandera y del grito su instrumento más afinado.
La escena que se desplegó hace unos días parecía sacada de una tragicomedia de barrio, pero era la vida real, con legisladores de carne y hueso convertidos en protagonistas de un espectáculo lamentable.
Alejandro “Alito” Moreno y Noroña, figuras de orígenes distintos, se enfrascaron en un forcejeo que dejó vergüenza, memes y un registro audiovisual que circuló por el mundo.
La tensión alcanzó un grado imposible de ignorar y el Senado, ese espacio que debería ser sinónimo de deliberación, se transformó en un ring improvisado. Noroña actúa con teatralidad, suelta frases que deberían permanecer en la columna de anécdotas y termina empujando más que debatiendo.
Es imposible no verlo como el Alfredo Adame de la política mexicana: un personaje que grita, golpea, dramatiza y se presenta como víctima mientras todos observamos entre el asombro y la risa contenida.
Mientras se pavonea de su mansión de 12 millones (quién pompó?), símbolo de un lujo que no casa con la humildad que proclama, arremete con la misma energía contra periodistas como Lily Téllez y Azucena Uresti, transformando la crítica en agresión y el debate en circo.
Alito lleva la prepotencia en los gestos; la historia de su partido aparece en cada movimiento, en cada ademán que amenaza y golpea.
Otros legisladores miran, intervienen o buscan que el momento quede registrado, conscientes de que el verdadero ring ya no es el Senado, sino las redes sociales donde la opinión pública se forma y se deforma con rapidez.
La pregunta surge inevitable: ¿qué se busca con estos actos? ¿Mostrar fuerza, provocar indignación, alimentar vanidad propia? Noroña se exhibe y en ese acto demuestra que la provocación puede volverse en su contra.
La violencia verbal y física se convierte en espectáculo; los que se presentan como víctimas construyen un relato de heroicidad mientras el video se reproduce en todo el planeta. La comedia surge cuando se observa a los legisladores transformados en caricaturas de sí mismos, coreografía de empujones, gritos y gestos que parecen extraídos de un guion improvisado de lucha libre, con la solemnidad del Senado diluida en absurdo.
La ciudadanía espera debate, proyectos, ideas. Lo que recibe es un circo transmitido en tiempo real, con subtítulos de redes y comentarios que mezclan indignación, ironía y risa contenida.
Noroña representa la precariedad del diálogo. Habla de derechos y decencia mientras empuja y gesticula, mezcla de honestidad discursiva y soberbia escénica.
Alito encarna la prepotencia clásica de un priismo que confía en su fuerza y en la impunidad de sus gestos. Todos los involucrados, incluso los espectadores, forman parte de la misma narrativa que convierte la política en espectáculo y el Parlamento en escenario de improvisación.
Cada empujón, cada grito, erosiona la confianza en las instituciones y refuerza la sensación de que la política es un juego de intereses y espectáculo. La lección, involuntaria y evidente, queda frente a los ojos de todos: el talento para el diálogo se ha reemplazado con energía para el show; la ética se eclipsa ante la teatralidad de barrio que algunos llaman estilo político.
Mientras los medios del mundo reproducen la escena con asombro y sorna, México se muestra desnudo y vulnerable. La política queda expuesta, la sustancia desaparece detrás del gesto y el movimiento.
La escena del Senado se convierte en un espejo: refleja ambiciones, fragilidades, teatralidad y vanidad. Noroña, con su papel de provocador alfa, alimenta la historia del ridículo que termina siendo suyo.
Alito, con su prepotencia medida, da contexto y profundidad al caos. Cada detalle de aquel altercado queda registrado, observado y comentado, y mientras los legisladores discuten leyes y presupuestos, el mundo recuerda que la política mexicana tiene una rutina de espectáculo, donde los golpes, los gestos y las palabras desordenadas pesan más que los acuerdos y donde la audiencia global aplaude, se indigna y se ríe a la vez, sin que nadie haya ganado algo distinto a la fama efímera de un instante viral.
Con todo y su violencia teatral, sus ataques mediáticos y su mansión de 12 millones, Noroña no enseñará el camino en un país donde la violencia verdadera no tiene cámaras ni aplausos, donde se sufre todos los días, donde la tragedia no se transmite en memes y la sangre no se convierte en espectáculo. Allí la violencia no es comedia ni escándalo: es dolor cotidiano, ausencia de justicia y cicatrices que ningún show legislativo puede reparar.
Tiempo al tiempo.