En polÃtica, como en la quÃmica, cuando dos sustancias reaccionan violentamente no siempre es por incompatibilidad ideológica, sino porque comparten demasiados elementos inflamables. La disputa entre Julio Scherer Ibarra y Jesús RamÃrez Cuevas está lejos de ser un debate doctrinario; lo que está sucediendo es un incendio interno cuyo humo ya alcanzó a Palacio Nacional.
Scherer, exconsejero jurÃdico del presidente López Obrador, decidió escribir lo que en otros tiempos se resolvÃa en sobremesas discretas: acusa que dentro de Morena se abrieron puertas —y quizá ventanas— a personajes vinculados con el huachicol, particularmente el tamaulipeco Sergio Carmona, asesinado en 2021 y señalado como financista de campañas morenistas.
No es una insinuación menor. Habla de dinero ilegal irrigando campañas que enarbolaban la bandera de la regeneración moral.
Jesús RamÃrez, exvocero presidencial y hoy asesor cercano a la presidenta Sheinbaum, respondió como corresponde en estos tiempos: negación absoluta, indignación calculada y acusación de traición. Según él, todo es infundio. Según Scherer, hay nombres y episodios que explican demasiado.
Entre ambos relatos hay una verdad irrefutable: alguien miente. Y cuando dos hombres que estuvieron en el corazón del poder se acusan de connivencia con el crimen, el problema deja de ser personal y se convierte en institucional.
En medio del espectáculo aparece el coro. Gerardo Fernández Noroña pide cárcel para Scherer, como si la discrepancia literaria fuera delito federal. Layda Sansores lanza insinuaciones digitales. Saúl Monreal defiende la honorabilidad del movimiento. El debate no se centra en si hubo financiamiento irregular, sino en quién traicionó primero la narrativa, que cada dÃa se cae a pedazos.
Porque de eso se trata: narrativa. Morena nació prometiendo que la corrupción era patrimonio exclusivo del pasado. El PRI robaba. El PAN encubrÃa. Ellos, en cambio, regeneraban. Pero ahora la discusión gira en torno a si el dinero del huachicol lubricó campañas, si hubo contratos millonarios a medios afines como Regeneración, si sindicatos fueron convencidos con estÃmulos menos ideológicos que presupuestales, si operadores territoriales confundieron militancia con clientela.
En cualquier otro partido esto serÃa rutina. En Morena es herejÃa, porque contradice su acta de nacimiento moral.
El nombre de Mario Delgado aparece en testimonios y columnas como pieza del engranaje financiero electoral en aquellos años. Nadie ha presentado sentencias firmes, pero el solo hecho de que se discuta en voz alta revela algo más corrosivo que una condena: la pérdida del monopolio ético.
¿Esto hubiera pasado con López Obrador en la presidencia? La pregunta no es ingenua. AMLO ejercÃa una jefatura polÃtica vertical. Disciplinaba con la palabra y desautorizaba con una frase matutina. Bajo su mando, las diferencias se procesaban en privado y las lealtades eran cuestión de supervivencia polÃtica. Hoy, sin su figura al centro, Morena parece descubrir que la unidad también era una forma de contención.
La ironÃa es inevitable. El partido que denunció el contubernio entre poder y dinero enfrenta sospechas de financiamiento oscuro. El movimiento que juró no comprar conciencias es acusado de seducir sindicatos con presupuesto. El proyecto que prometió acabar con la prensa vendida es señalado por contratos generosos a su propio órgano partidista. La regeneración se convirtió, para algunos, en redistribución selectiva.
Nada de esto ha sido probado judicialmente. Pero tampoco ha sido desmentido con transparencia documental. En polÃtica, la percepción suele dictar sentencia antes que los tribunales. Y la percepción actual es incómoda: Morena dejó de discutir cómo transformar al paÃs para debatir quién introdujo el bidón de gasolina en la sala.
Si Scherer exagera, deberá probarlo. Si RamÃrez oculta, también. Lo grave no es el libro ni la respuesta airada. Lo grave es que la disputa revela que el movimiento gobernante ya no se cohesiona por convicción moral sino por cálculo polÃtico.
Tal vez la pregunta correcta no sea si esto habrÃa ocurrido con AMLO, sino si el proyecto podÃa sobrevivir sin su figura arbitral. Los partidos construidos alrededor de un liderazgo carismático suelen enfrentar este dilema: cuando el lÃder se retira, emergen las cuentas pendientes.
Morena prometió ser distinto. Hoy luce peligrosamente familiar. Y cuando la polÃtica empieza a oler a combustible, conviene revisar no sólo quién encendió el fósforo, sino quién almacenó los barriles.
Más grave aún que las acusaciones cruzadas es el daño colateral que provocan: cuando antiguos integrantes del primer cÃrculo del poder se imputan vÃnculos con dinero ilÃcito y redes oscuras, no sólo descalifican al partido, también lesionan la investidura presidencial.
La Presidencia de la República y la persona que la ocupa, quedan atrapados en una reyerta de facciones que la utilizan como escudo o como arma. Convertir al despacho más alto del paÃs en campo de batalla retórico es una forma de irrespetarlo.
Porque si quienes caminaron por sus pasillos hoy sugieren que desde ahà se toleraron componendas, el descrédito no distingue nombres: alcanza al Estado mismo.
Y cuando la Presidencia se ve reducida a botÃn narrativo de sus propios aliados, la regeneración prometida termina pareciéndose demasiado al viejo desorden que juró desterrar.
Tiempo al tiempo.