La decisión de EUA de no extender automáticamente el T-MEC por un nuevo periodo de 16 años no es una buena noticia. Sin embargo, conviene colocarla en su justa dimensión.
Más que el inicio de una ruptura, confirma el cambio de paradigma que vive el comercio internacional y la redefinición de las reglas dentro de un contexto geopolítico completamente distinto.
El México que negocia hoy no es el de 1994. Durante más de tres décadas el T-MEC y su antecesor impulsaron la formación de proveedores especializados, infraestructura logística, talento técnico y cadenas de valor altamente integradas.
Nuestra vocación exportadora ya no depende exclusivamente de un tratado; descansa en capacidades productivas que tomaron años construir.
Además, la discusión rebasa lo económico.
Para Washington, la política comercial forma parte de una estrategia que también involucra la competencia con China, la migración, el combate al tráfico de fentanilo y la relocalización de industrias estratégicas. Paradójicamente, muchos de los argumentos utilizados para justificar restricciones comerciales parten de una lectura incompleta.
Cuando Estados Unidos importa un vehículo ensamblado en Coahuila, también está importando acero, motores, transmisiones, software y múltiples componentes fabricados por empresas estadounidenses.
También conviene recordar que imponer aranceles tiene costos inmediatos.
El consumidor estadounidense termina pagando más por un guacamole, por una cerveza Corona o por una camioneta Ram ensamblada en Coahuila.
En cambio, trasladar plantas y reconstruir cadenas de suministro puede tomar décadas.
Es cierto que el viejo modelo de libre comercio prácticamente quedó atrás.
Pero dentro de ese nuevo escenario México sigue siendo uno de los socios con mejores condiciones de acceso al mercado estadounidense. Esa ventaja no es menor.
La incertidumbre existe. Nadie puede negarla. Pero también existe una realidad mucho más sólida: después de más de 30 años, la integración comercial de Norteamérica ya dejó de ser solo un tratado.
Las reglas podrán cambiar, pero la realidad económica suele ser mucho más resistente que los ciclos políticos.
Ahí, precisamente, es donde encontramos la verdadera certidumbre.