La élite mexicana de origen europeo (los llamados criollos o whitexican), que desde el nacimiento hasta la tumba tiene la vida resuelta y produce riqueza intergeneracional, siempre ha pensado en la población de origen indígena como si fueran extranjeros en su tierra, a los que hay que eliminar si es posible o salvar si es necesario.
La salvación ha consistido en hacerlos mestizos a la fuerza, quitarles lo indio, occidentalizarlos, en una palabra, «civilizarlos».
En sus obras pseudocientíficas, en sus productos culturales, en sus obsesiones nocturnas, esa población nativa que les resulta insoportable, es una masa indiferenciada de gente pobre, fea, de piel oscura, sin ningún mérito.
El populacho es parrandero, cohetero, globero por naturaleza.
Es un problema que hay que resolver y no saben cómo. Cuando ven a esa masa reunida por motivos políticos, culturales, religiosos, festivos, o los que sean, sus peores miedos afloran.
Son demasiados y los blancos nunca podrán superarlos. México no tiene remedio: está condenado a lidiar con esa masa amorfa por el resto de la eternidad.
El whitexican se deprime al llegar a esa conclusión. Pareciera que la población nativa tuviera que pedirles perdón por no ser blanca, por no tener una cultura europea, por arruinarles el paisaje.
Qué lejos está la élite blanca de entender que los asquerosos son ellos. Que los primitivos, salvajes e incivilizados son quienes construyen riqueza y privilegio explotando a millones de personas, condenándolas a la peor de las vidas posibles.
Que los que adolecen de una cultura profunda son quienes atraviesan una crisis de identidad perpetua, atrapados entre el país del que salieron y aquel al que llegaron.
Si tuvieran un ápice de moral, entenderían que lo que hacen es vergonzoso, atroz e injustificable.
Tal vez no podemos impedir que exploten a la población nativa inmisericordemente, pero tampoco podemos permitirles que la insulten a su antojo.
El problema principal son ellos, su racismo, su clasismo y, sobre todo, su negativa a redistribuir la riqueza.
La vergüenza tiene que cambiar de lado.
Tenemos que dejar de pensar en la población nativa como los indígenas de comunidad que preservan la cultura mesoamericana.
Los mestizos, que en su mayoría somos o población de origen indígena que perdió todo vínculo con la cultura madre o gente tan mezclada que no sabe ni de dónde salió, somos población nativa, como lo son los pueblos europeos productos de tanta mezcla e invasión a través de los siglos.
Cuando los mexicanos de origen indígena migran y prosperan, se comportan exactamente igual que sus opresores: Son racistas contra los negros, aspiracionistas, consumidores, etc.
Porque la cultura siempre va unida a un modo de producción. Lo que hay que cambiar es el modo de producción y sus jerarquías de poder raciclasistas y sexistas.