Darío Fritz
México llegó en tiempo y forma al neoliberalismo y se le ha incrustado en todos los poros de su vida económica, la democracia y la izquierda llegaron con demora.
El modo manada de gobernar, como ley de la selva, solo resisten los más aptos, arrastra miedos y temores, engaña y desinforma cuando se necesita, se refuerza en el odio, glorifica el individualismo y al más fuerte.
Por derecha y por izquierda, Bukele en El Salvador y Daniel Ortega en Nicaragua, han hecho un trabajo sostenido para taladrar la democracia en América Latina.
En qué momento se jodió Acapulco para ya nunca recuperarse, bien podría ser el ejemplo para que la Riviera Maya no sufra el mismo descalabro.
Lo malo de los Mundiales de futbol son las sintonías cercanas con el fracaso. En las definiciones inmediatas aturde de pensar en la caída próxima.
Confrontar con la obviedad lleva décadas acumuladas. Los resultados le dan la razón a la abundancia de desengaños. Cero impunidad se ha anunciado una y otra vez.
Hoy, desde el poder se condiciona con el ingreso a una sala de prensa, se informa por X y TikTok para evitar el contacto con las fuentes, se potencian en redes sociales a los afines para diluir la crítica.
En principio parecería que México se desmorona, tras la decisión de Trump sobre el TMEC. Hasta que alguna voz reconocida trae orden ante la aprehensión y se reestablece el equilibrio.
La naturaleza tiene sus razones para arrasar. Los que viven al margen de la ley, la seguridad de no rendir cuentas.
Si el día de mañana el liberalismo extremo triunfa quizá hasta las estatuas de Lázaro Cárdenas se conviertan en sinónimo de vergüenza, motivo para derribarlas.
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