La polÃtica mexicana tiene la costumbre de sorprenderse de fenómenos que ella misma provoca. Asà ocurrió con la marcha de la autodenominada “Generación Zâ€, un episodio que ha sido leÃdo con ingenuidad, con alarma y, sobre todo, con una buena dosis de oportunismo. A falta de datos comprobables —y por una notable resistencia a buscarlos— la discusión pública ha preferido instalarse en el terreno que más le acomoda: la especulación.
La primera lección es, quizá, la más incómoda para la oposición: sigue sin tener la menor idea de cómo acercarse a las generaciones jóvenes. Si la estrategia de movilización fue diseñada por un “jovencito†contratado por el PAN —como insinúa Morena— la inconsistencia no está en presentarse como apartidista, sino en exhibirse como un fraude profesional.
No es delito disfrazarse de ciudadano; lo que sà deberÃa preocupar es que la oposición confunda aspiraciones juveniles con campañas mal disimuladas. La torpeza, en polÃtica, también es responsabilidad.
Mientras no exista claridad mÃnima sobre quién organizó la marcha, quién la financió y con qué propósito, las teorÃas de conspiración seguirán circulando con una salud envidiable. La opacidad es una incubadora extraordinaria para la manipulación de vÃsceras. ¿Quién gana? Aquel que domine la guerra de narrativas, que en México se libra con la misma pasión que una disputa por el presupuesto. La falta de información se convierte, asÃ, en herramienta de combate.
Hay otra dimensión que pocos se atreven a decir en voz alta: sin transparencia en la organización y los recursos, la llamada “Generación Z†deja de ser un actor polÃtico emergente y se convierte en un problema elemental de seguridad pública, sujeto inevitable de observación por parte de los aparatos de inteligencia.
Esto no tiene nada que ver con simpatÃas o antipatÃas; es procedimiento básico. Y aunque a ciertos sectores les emocione la idea de una juventud contestataria, el Estado —cualquier Estado— observa con frialdad aquello que no logra comprender.
La oposición, por su parte, parece cada dÃa más ambivalente ante la violencia. Oscila entre condenarla, relativizarla o aprovecharla según la conveniencia del momento. Confunde indignación con oportunidad y, en ocasiones, oportunidad con impunidad. No está claro si teme la violencia o si simplemente no sabe cómo posicionarse frente a ella.
Lo que sà resulta evidente es que algunos actores opositores abrigan sus propios grupos de choque, aunque se empeñen en vestirlos con ropa de activismo ciudadano.
Al final del dÃa, la juventud mexicana continúa siendo tratada como material desechable por todos los partidos. Son un recurso electoral cuando conviene, una amenaza cuando se organizan y un estorbo cuando exigen definiciones. No existen visiones serias sobre cómo reclutarlos, acompañarlos o socializarlos polÃticamente. Lo que sà existe es un dato incontrovertible: son el único grupo etario que enfrenta procesos legales tras los disturbios del sábado pasado. Cuando la polÃtica se desgasta, los jóvenes pagan los platos rotos.
Estas lecciones preliminares no anuncian una renovación generacional ni un giro democratizador. Más bien revelan la persistencia de un sistema que se asombra de su propio vacÃo. En la marcha de la “Generación Z†no está el futuro del paÃs; está, en cambio, el espejo de una clase polÃtica que no sabe qué hacer con la energÃa juvenil y prefiere administrarla como si fuera una amenaza.
Y quizá lo sea, pero no por las razones que hoy se repiten en la conversación pública, sino porque la polÃtica adulta ha renunciado a comprenderla.
Tiempo al tiempo.