Jorge Alfredo Lera-Mejía
Tamaulipas tiene la oportunidad de transformar la crisis maquiladora en un punto de inflexión hacia un modelo productivo más diversificado y resiliente.
México no está en el Golfo Pérsico, pero sí está en la primera línea de impacto de esta sacudida. La economía mexicana se alimenta de gas natural importado de Estados Unidos.
México llega a la mesa de 2026 con fortalezas estructurales –integración productiva, diversificación de orígenes de IED, juventud demográfica– pero con una diplomacia económica reactiva y fragmentada.
En el sexenio de Andrés Manuel López Obrador mientras los más ricos vivieron un verdadero boom patrimonial que se mide en centenares de miles de millones de dólares, la base observó un país que prácticamente no creció.
La economía logró en 2025 absorber parte de la fuerza de trabajo, pero lo hizo desplazando trabajadores hacia esquemas sin contrato, sin derechos y sin protección social.
Tamaulipas se esta convirtiendo en el estado energético de México que aprovecha gas, petróleo y energías limpias.
Este caso debería ser punto de inflexión hacia un modelo industrial más sólido y menos dependiente de un solo corporativo.
El impacto de los aranceles de Donald Trump y la creciente conflictividad laboral asociada a la actuación de la abogada y activista Susana Prieto Terrazas han golpeado al empleo maquilador de esta ciudad tamaulipeca.
Un entorno laboral más incierto para los migrantes mexicanos en EStados Unidos, está presionando a la baja su capacidad de enviar remesas de manera estable en el mediano plazo.
Altamira se consolida como el principal hub logístico y de movilidad del noreste de México.
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