La infancia de los niños no llamados Samuel García

Los niños migrantes centroamericanos detenidos en la estación Clint estaban visiblemente sucios, mocosos y manchados de lodo, y casi todos usaban la misma ropa con la que habían cruzado la frontera.
21/12/2020

A simple vista, no hay semejanza entre un niño migrante centroamericano y uno mexicano de clase media-alta, pero la hay. Incluso cuando tengan 32 años y sean adultos, estarán sujetos por un lazo invisible.

Al primero llamémosle Fernando; y al segundo, Samuel. Con mucha suerte (casi por milagro) el migrante habrá sobrevivido y soportado penas sin cuento hasta formar una respetable fortuna con sus manos, literalmente hablando. Un mexicano como Samuel también deberá sortear pruebas difíciles para alcanzar sus sueños, aunque no del trabajo manual.

A los dos los desafía el hambre y la inseguridad, y la urgente necesidad de ganar dinero para conjurarlos. He aquí la semejanza.

Observada de cerca, dicha semejanza es tenue y casi abstracta al momento de medir los recursos y las fuerzas de uno y otro. Difícilmente Samuel sentirá hambre en su vida más allá de cinco minutos, mientras Fernando pudiera pasar hasta cinco días sin probar un bocado. 

Contada por él, ahora conozcamos la historia real de Samuel García, senador por Nuevo León del partido Movimiento Ciudadano:
 
“A los meros 15, yo estaba en Prepa, y tuve que empezar a ir a la oficina a trabajar. Entonces, me iba a la oficina y, más tarde, al (fútbol) americano”. Primer paso por el largo y engañoso camino de la actividad laboral, del esfuerzo y la recompensa no siempre justa. “(Mi papá) era bien duro porque me decía: si quieres que te pague la semana, te tienes que ir al golf conmigo el sábado y, terminando los 18 hoyos, te pago la semana”. Le imponen, como se ve, sacrificios mayores. “Entonces, lo odié, porque mi raza salía los viernes y yo salía también los viernes (a tomar o de fiesta). Me metía a la una o a las dos de la mañana, y me levantaba a las cinco porque el team time era a las 6:30, y si no me levantaba a jugar… bueno”. El cúmulo de pormenores nos señala una experiencia imborrable, como todo lo amargo o doloroso. “Odié el golf, lo odié, lo odié”.

Este relato se nos ha propuesto como un ejemplo de superación y lucha. ¿Nota usted el peligro resuelto, la dificultad vencida, la fuerza de voluntad? Yo tengo algunos problemas para hallarlos pero debe ser una limitación de mi parte. Si no, ¿cómo podría un doctor en Derecho, un Senador de la República, un aspirante a Gobernador, estar equivocado?

Samuel García tampoco merece el reproche de la gente por haber nacido en una familia acomodada, pues eso se llama envidia y es una de las peores vulgaridades; déjese fuera de la discusión. El caso que nos ocupa aquí es dirimir si levantarse temprano después de una noche de juerga, y acompañar al padre a jugar al golf por la mañana, es la imagen de una vida exigente, desdichada y rigurosa. A todos nos cuesta el derecho de estar aquí, a unos más que a otros. A Samuel le cuesta esto, pero a unos infantes les puede significar la separación de sus padres y dormir en la cárcel, como estamos a punto de ser testigos.

Pasemos al testimonio de los niños migrantes centroamericanos que acompañaban a sus mayores en su viaje sin papeles a Estados Unidos; son pequeños separados de sus protectores y encerrados en prisiones. Aquí también se despliegan sentimientos de frustración, soledad y tristeza, aunque de magnitud inconcebible. Aparecen en la audiencia de Clara Long, investigadora en jefe del programa de Human Rights Watch en la Unión Americana, ante el Subcomité de Derechos Civiles y Libertades Civiles de la Cámara de Estados Unidos, el 10 de julio de 2019, de poca o nula difusión.

 

En mi primer día en Clint (condado de Texas), hablé con un niño de 11 años que cuidadaba a su hermanito de 3. Ambos se acompañaban en celdas de concreto con docenas de otros niños. Cuando lo conocí, el más pequeño estaba callado, con el pelo enmarañado, tos seca, pantalones sucios y los ojos cerrados por la fatiga. Cuando hablamos, el menor se quedó dormido en dos sillas de oficina juntas. “Yo soy el que lo cuida aquí”, nos dijo el mayor. “Había una niña de pelo rizado que me ayudaba a cuidarlo a ratos. No sé cómo se llama, pero ya se fue. Ahora, nadie me ayuda”.

Una menor de 14 años le dijo a nuestro equipo que ella cuidaba a una pequeña de cuatro que había ingresado a las celdas sin ningún familiar. “La llevo al baño, le doy de mi comida si aún tiene hambre, y le digo a los otros que la dejen en paz cuando la molestan”, nos contó. “Ha estado enferma todo el tiempo que la he cuidado: tose y moquea. No habla mucho, solo responde sí o no. Usa pañales y yo se los cambio”.

Un niño de 11 años detenido con su hermano de 9 y su hermanita de 7 nos dijo: “Aquí nadie se interesa por nosotros. Trato de cuidar a mi hermano y a mi pequeña hermana, ya que nadie se encarga de ellos. Hay niños aquí que nadie cuida, ni un hermano o hermana mayor. Algunos tienen 2 ó 3 años, y nadie se encarga de ellos”.

Los niños que conocí en la estación Clint estaban visiblemente sucios, mocosos y manchados de lodo, y casi todos usaban la misma ropa con la que habían cruzado la frontera. Nos dijeron que no tenían acceso regular a jabón o a cepillo dental, y que solo podían bañarse una o dos veces por semana, a lo más. El 17 de junio, había 351 niños registrados aquí en edades de uno a 17 años. Solicitamos ver a lo niños de esta lista, sucesivamente. En muchos casos, los oficiales dijeron que no podían traernos a los niños solicitados porque estaban en cuarentena. El 18 de junio, el CBP (Oficinas de Protección Fronteriza, en inglés, encargadas de salvaguardar a Estados Unidos del narcotráfico y el terrorismo) nos facilitó una entrevista telefónica con tres niños en cuarentena, aunque no pudimos verificar si estas entrevistas ocurrieron fuera del oído de los guardias.

Hablamos con menores que habían permanecido por algún periodo en cuarentena:

Una niña de 14 años nos dijo: “En la primera celda, estuve durmiendo siete días sin colchón. Es difícil dormir en el piso. Comencé a tener gripa. Entonces me llevaron por siete días a la ‘celda de la gripa’. Cuando estás en esta celda, duermes al nivel del piso pero en un colchón. Había otros 21 chicos con gripa en ese lugar. Tuve fiebre y temblaba. Algunos de los otros vomitaban: todos tenían fiebre. Nadie cuidaba a los niños con gripa… No teníamos permitido salir de la celda de la gripa, nunca. Estábamos muy aburridos. Yo no hacía nada por entretenerme ni se nos ofrecía nada. Era muy, muy triste. Me sentía encerrada bajo llave”.

Un niño de 11 años retenido doce días en el CBP, a pesar de tener familiares en Nueva Jersey, dijo: “Hace tres días tuve fiebre. Me llevaron a mi solo a la celda. Nadie te cuida. Solo te dan pastillas dos veces al día. También tuve una reacción alérgica en toda la piel. Mi piel está inflamada y roja y mi nariz está constipada. Solo una vez me dieron una pastilla para tratármela”.

Las leyes de Estados Unidos prohiben retener a menores bajo custodia del Patrulla Fronteriza por más de 72 horas, en condiciones normales, y sin embargo, los niños que conocimos en Clint habían estado ahí por semanas. “Cuando a veces preguntábamos, nos responderían que nos quedaríamos aquí por meses”, dijo una chica de 14 años que había estado tres semanas en Clint.

A pesar de estas largas estancias, no encontramos evidencia de que alguien hiciera el esfuerzo de reunir a los niños con miembros de su familia en Estados Unidos. Muchos de los niños con los que hablé dijeron tener parientes o familiares cercanos en Estados Unidos.

Una niña que intenté entrevistar en el cuarto de visitantes estalló en llantó cuando le pregunté con quien había viajado a Estados Unidos. “Con mi tía”, dijo entre lamentos. Estaba enojada de que nadie intentara hablarle. Un brazalete en su muñera tenía la inscripción ‘Con familiares en EEUU’ y un número telefónico marcado con tinta permanente. Llamamos al número y supimos que nadie había informado a sus desesperados familiares donde la tenían custodiada. Uno de los momentos más emocionantes de nuestra visita fue ser testigos cuando hablaron por primera vez con sus parientes al teléfono de un abogado.

Basados en nuestras entrevistas, los oficiales de Estados Unidos no parecían hacer un esfuerzo discernible de entregar a los niños a los cuidadores mientras están en custodia de la Protección Fronteriza Personalizada –aunque muchos tenían familiares en Estados Unidos- en vez de retenerlos por semanas en prisiones hacinadas e incomunicados de sus angustiados seres queridos. 

Muchos niños encerrados en Clint dijeron que los habían separado de sus familiares y de sus primeros cuidadores en la frontera, en una clara contradicción de sus mejores intereses. Esta es una práctica regular de la CBP. No solo hacen estas detenciones de niños “no acompañados”, expuestos a encierros prolongadas, sino les inflingen un daño sicológico comparable a la separación abrupta de un padre.

Un niño inconsolable de 14 años que conocí en el centro de detención Homestead, a fines de marzo, simbolizaba el impacto de este tipo de separaciones. Había viajado desde Guatemala con su hermana de 29 años y el pequeño hijo de ésta. “Es mi hermana mayor y siempre he contado con ella”, nos dijo. “Es como mi madre; a veces le digo mamá porque me ha cuidado toda la vida”. Cuando cruzaron la frotera por Texas y los detuvo la Patrulla Fronteriza, los separaron en diferentes estaciones. “Al tercer día me sacaron de mi celda y me dijeron que me separarían de mi hermana, pero no me dijeron a dónde me llevaban. No entiendo por qué hicieron eso. No me dieron oportunidad de despedirme de ella”.

¿Infancia es destino? Claramente, los pequeños centroamericanos se rebelan a eso. Con Joe Biden en la presidencia, cabe esperar un mejor trato que el dispensado por la administración de Donal Trump. Este capítulo debe conservarse como recordatorio de lo inadminisible y lo perverso.

El de Samuel García, en cambio, debe olvidarse lo más pronto posible.

julian.javier.hernandez@gmail.com



JULIÁN J. HERNÁNDEZ ha sido editor y colaborador en periódicos de Monterrey, Guadalajara y la Ciudad de México. Actualmente es asesor en temas de comunicación y copywriting. https://medium.com/@j.j.hernandez

Las opiniones expresadas por el autor no reflejan necesariamente el punto de vista de MOBILNEWS.MX

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