Hay una l铆nea muy clara entre el debate pol铆tico y la degradaci贸n de la pol铆tica. Entre el cuestionamiento y el insulto. Entre exhibir malas pr谩cticas y recurrir a la humillaci贸n y la ridiculizaci贸n. Esa l铆nea ha sido cruzada por algunos personajes en Coahuila, y lo que queda expuesto no es la corrupci贸n del adversario, sino el bajo nivel de quienes hoy dicen representarnos.
Lo hemos visto principalmente en personajes de Morena, quienes han utilizado esta narrativa como forma de confrontaci贸n m谩s que la denuncia o el cuestionamiento.
El caso m谩s reciente es el del diputado federal Antonio Attolini Murra, quien ha convertido sus redes sociales en un escaparate de ataques personales disfrazados de denuncia pol铆tica. Nadie le niega el derecho ni la obligaci贸n de defender los proyectos de la Cuarta Transformaci贸n desde su curul y en sus distritos. Eso es, en esencia, su trabajo. Pero una cosa es impulsar una agenda legislativa y otra muy distinta es utilizar la ridiculizaci贸n y la descalificaci贸n como m茅todo permanente de operaci贸n.
El ejemplo m谩s reciente no deja lugar a interpretaciones. En una publicaci贸n desde Torre贸n, Attolini comparti贸 la imagen de una persona disfrazada de rata a quien apod贸 鈥淩ob谩n鈥, en alusi贸n directa al alcalde Rom谩n Alberto Cepeda, acompa帽ada del hashtag #Rom谩nDebeCaer y la menci贸n a un reporte de la Auditor铆a Superior de la Federaci贸n sobre supuestos desv铆os de 350 millones de pesos.
Que un servidor p煤blico rinda cuentas es no solo v谩lido, sino necesario. Pero que un legislador federal recurra a disfraces de roedores y apodos para se帽alarlo y ridiculizarlo utilizando su aspecto personal para hablar de su desempe帽o como servidor p煤blico dice m谩s del acusador que del acusado. Eso no es fiscalizaci贸n: es circo.
Y no es un caso aislado. Semanas antes, el mismo Attolini difundi贸 una portada ap贸crifa que imitaba el dise帽o editorial de El Siglo de Torre贸n, manipulada con herramientas de inteligencia artificial, al grado de que el propio medio tuvo que emitir un desmentido p煤blico. Un legislador de esos que precisamente hacen y aprueban las leyes en este pa铆s termin贸 en una posible violaci贸n a la normatividad en materia de propiedad industrial y potencialmente incurriendo en conductas sancionables bajo los c贸digos penal y civil. La iron铆a no necesita explicaci贸n.
Attolini no debate ideas: ataca personas. No cuestiona al funcionario p煤blico en el ejercicio de sus responsabilidades, sino que arremete contra el individuo con motes, im谩genes degradantes y narrativas construidas para la viralidad, no para la rendici贸n de cuentas.
Lo vimos en aquel episodio bochornoso dentro del Congreso del Estado, cuando confront贸 a gritos e insultos al oficial mayor, protagonizando una escena impropia de cualquier ciudadano, mucho m谩s de un representante popular. Y lo vimos con reporteros que, por el simple hecho de ejercer su labor period铆stica y cuestionar su trabajo, recibieron como respuesta agresiones verbales.
Porque ah铆 est谩 otro punto que no se puede ignorar: la relaci贸n del legislador con la verdad que no le conviene. Que una noticia le resulte inc贸moda no la convierte en falsa. Que un medio publique informaci贸n que no le favorece no equivale a una campa帽a en su contra. Sin embargo, esa es la narrativa que Attolini y otros pol铆ticos han querido construir: quien no est谩 con 茅l, miente; quien lo cuestiona, lo difama; quien piensa diferente, es enemigo.
Y la confrontaci贸n p煤blica con el exalcalde Mario L贸pez, quien tras anunciar su salida de Morena recibi贸 la embestida del diputado en redes sociales, confirma que para Attolini la disidencia interna se combate con la misma f贸rmula: el ataque personal por encima del argumento pol铆tico.
Pero este patr贸n no es exclusivo del legislador. Recordemos el caso de Tania Flores, otra figura identificada con Morena en Coahuila, quien desde su trinchera ha denunciado violencia pol铆tica de g茅nero, pero en la pr谩ctica ha ejercido agresiones de este tipo y en distintas direcciones. La contradicci贸n es evidente: no se puede abanderar una causa mientras se reproducen las mismas conductas que se dicen combatir.
Est谩 tambi茅n el caso de su hermano, Antonio Flores, diputado local del Partido del Trabajo, quien de manera reiterada responde con retos a golpes a quienes cuestionan o difieren de sus posturas. Su conducta evoca la de un personaje de pel铆culas vaqueras, retando a duelo 鈥攃omo ocurre en ese tipo de historias鈥 y ofreciendo recompensas, en una narrativa que incentiva la confrontaci贸n. Resulta contradictorio que, desde una investidura p煤blica que exige prudencia y responsabilidad, promueva actitudes que alientan la violencia en lugar de contribuir a erradicarla.
Lo que estas conductas revelan es un patr贸n preocupante: legisladores que recurren al insulto antes que al argumento, que ridiculizan antes que fiscalizan, que denuncian violencia mientras la ejercen y que, cuando el tema les incomoda, prefieren declararse incompetentes antes que asumir una postura.
Coahuila merece representantes que debatan con ideas, no con disfraces de rata; que defiendan sus causas sin necesidad de humillar o ridiculizar al adversario utilizando su persona y no su desempe帽o en la funci贸n p煤blica; que conozcan las leyes que aprueban y que, cuando la prensa pregunte, tengan algo m谩s que evasivas disfrazadas de honestidad.