Cre铆 que la columna anterior ser铆a la 煤ltima del a帽o. Lo hab铆a decidido as铆, quiz谩 por la profunda carga emocional que tra铆a. Sin embargo, esta Navidad ocurri贸 algo aparentemente peque帽o que termin贸 por incomodarme lo suficiente como para escribir una m谩s.
Esta Navidad pas贸 algo que no fue casual ni anecd贸tico: muchas personas decidieron no mandar mensajes de felicitaci贸n. No por enojo ni por falta de afecto, sino por cansancio. Siempre eran las mismas personas las que escrib铆an primero y la reciprocidad se volvi贸 rara. As铆 que, por primera vez, optaron por el silencio.
Yo misma lo hice. D铆as antes escrib铆 en X (donde no me leen tanto, ja) que no hab铆a felicitado a algunas personas por esa raz贸n. Me sent铆a orgullosa de no insistir, de no volver a ser quien inicia, de cuidar mi energ铆a. En ese momento, la decisi贸n se sent铆a justa y casi liberadora.
Pero conforme pasaron los d铆as, algo empez贸 a incomodarme.
En algunos casos, el mensaje lleg贸 del otro lado. En otros, no lleg贸 nada. Y ese vac铆o, m谩s que confirmar que hab铆a hecho lo correcto, me oblig贸 a pensar si ese silencio 鈥攖an celebrado hoy como acto de amor propio鈥 no estaba diciendo algo m谩s profundo sobre c贸mo estamos aprendiendo a vincularnos.
Pareciera que hoy puede m谩s un mensaje no contestado que una vida de acompa帽amiento.
El sistema 鈥攅con贸mico, cultural y tecnol贸gico鈥 lleva tiempo empuj谩ndonos hacia el individualismo. Nos repite que es mejor estar solos, que primero va la paz personal, que no hay que insistir, que quien no responde no merece espacio en nuestra vida. Ese discurso, que a veces protege, tambi茅n debilita, porque convierte el v铆nculo en una transacci贸n y el retiro en una virtud.
Antes, la comunidad amortiguaba las ausencias. Hoy, la l贸gica de la inmediatez impone nuevas reglas: si no hay respuesta r谩pida, no hay v铆nculo. As铆, un silencio pesa m谩s que una historia compartida y la paciencia social 鈥攅sa que sostiene a cualquier colectivo鈥 se va erosionando.
La contradicci贸n es evidente. Nos espantamos frente a una noticia tr谩gica en redes sociales, reaccionamos como comunidad ante una indignaci贸n colectiva, pero no siempre somos capaces de ir a saludar al vecino. Hay comunidad cuando el algoritmo nos convoca, pero no cuando el v铆nculo exige tiempo, tolerancia o incomodidad.
Primero fue la fragmentaci贸n de la familia como n煤cleo com煤n; ahora, el aislamiento emocional se presenta como virtud. Se nos educa para cortar antes que para hablar, para protegernos antes que para sostener. La autosuficiencia se celebra, aunque deje a las personas m谩s solas.
Conviene decirlo con claridad: no se trata de romantizar v铆nculos que duelen ni de exigir presencia a toda costa. Hay relaciones que deben cortarse, especialmente aquellas que solo sostenemos de un solo lado.
Lo que s铆 vale la pena pensar es si este aprendizaje del aislamiento no es espont谩neo, sino funcional a un sistema que prefiere individuos separados, gestionables y autosuficientes antes que comunidades que se cuidan incluso cuando fallan.
Tal vez por eso cambi茅 de opini贸n. No porque siempre haya que sostener, sino porque retirarse sin pensar tambi茅n puede ser una forma de renuncia a decidir con conciencia.