La relación entre vecinos siempre es compleja, tal vez frágil. Es de cercanÃa con cautela. Queremos un aliado, con intereses en común, y al mismo tiempo que no exista una intromisión. La relación se hace más compleja cuando es entre paÃses, sobre todo si son tan desiguales en tamaño, población y economÃa.
La revisión del T-MEC es una discusión que puede ser mucho más importante que la negociación de un aumento o disminución de aranceles.
Están sobre la mesa temas como reglas de origen, automóviles, acero y aluminio. Pero detrás de todos ellos hay una pregunta de mayor alcance: ¿queremos que Norteamérica sea solamente un mercado integrado o queremos convertirla en una plataforma industrial capaz de competir con Asia?
La pregunta no es menor. En lo que va de 2026, EE.UU. representa el 83.3% de las exportaciones mexicanas, mientras que Canadá representa el 3.16%. En junio de este año, México exportó a EE. UU. más de 60 mil millones de dólares. La integración económica ya existe; lo que está en discusión es cómo aprovecharla.
El acero es un buen ejemplo. Una lámina o una barra producida en México puede convertirse en un componente, integrarse a un automóvil y terminar en EE. UU. o Canadá. Lo mismo ocurre con autopartes, maquinaria, electrónicos y cientos de productos que cruzan varias veces las fronteras antes de llegar al consumidor.
En una cadena industrial integrada, un arancel no siempre termina castigando al competidor. La mayorÃa de las veces termina encareciendo al propio sistema y el afectado es el consumidor final del producto, que en muchos casos es el ciudadano estadounidense.
El problema es que, mientras Norteamérica sigue discutiendo cómo repartir mejor los beneficios entre sus integrantes, China mantiene una presencia significativa en las importaciones mexicanas. En lo que va de 2026 representa el 17.3% de nuestras importaciones, frente a apenas el 1.95% de nuestras exportaciones.
Solo en junio de este año, México importó de China 11,448 millones de dólares y exportó 1,125 millones. La diferencia es enorme y muestra el reto de fortalecer las cadenas de suministro.
Por ello, quizá el verdadero debate del T-MEC no deberÃa ser solamente cuánto gana México, cuánto gana EE. UU. o cuánto gana Canadá. DeberÃa ser qué podemos producir juntos que sea más competitivo que producirlo fuera de Norteamérica.
Eso exige una conversación diferente. México necesita infraestructura, energÃa suficiente y competitiva, seguridad, certidumbre regulatoria y una polÃtica efectiva de desarrollo de proveedores. EE. UU. necesita reconocer que sus propias empresas forman parte de cadenas productivas que dependen de insumos y manufactura mexicana. Por último, Canadá tiene la oportunidad de profundizar su integración con ambos mercados.
No se trata de cerrar las puertas al mundo ni de convertir a China en el enemigo. Se trata de entender que la competencia industrial del siglo XXI se juega cada vez más entre regiones y cadenas de valor.
No se trata de producirlo todo dentro de las fronteras. La clave está en decidir qué queremos producir, con quién queremos hacerlo y qué capacidades necesitamos desarrollar para no depender de otros.
El T-MEC puede ser mucho más que un tratado comercial. Puede convertirse en la arquitectura de una nueva etapa industrial para Norteamérica. Para lograrlo, México, EE. UU. y Canadá tendrán que dejar de pensar solamente en sus tres agendas nacionales y empezar a construir una estrategia regional.
Porque frente a Asia que compite a escala continental, quizá la verdadera pregunta no sea qué puede ganar cada paÃs por separado. Más bien, cuánto pueden ganar los tres si deciden competir como región.